—He preparado cena para dos. Quédate, venga.
—Me tengo que ir. A mi cama le jode que no te llore
cada noche.
—Hace frío. No aguantarás el invierno hasta tu casa.
—Lo llevo aguantando ya demasiado. Me he acostumbrado
a estar sin ti. Al frío sin ti.
—Una noche. Prometo abrazarte. Prometo que no pasarás
frío.
—El problema es que esta noche puede que no pase frío,
por tus brazos. Pero estoy segura de que mañana no estarán ya por la noche y
entonces será vuelta a mi rutina, a mi ruina. Vuelta al diciembre solo con la
almohada. Volverá a ser lo mismo, ¡joder! ¿Es que no entiendes que no te quiero
solo para el calor de una noche? Hace frío sin ti— coge un cigarrillo y se lo
enciende con la vela que había en el centro de la mesa.
—Es que yo no puedo estar seguro de quererte en mi
cama todas las noches que me quedan.
—Justo es eso lo que quería decirte: yo necesito a
alguien que esté seguro de querer abrazarme por las noches, porque necesite de
mi piel y de mi respiración. Y que solo necesite de mi piel. Alguien que no me
prometa el cielo si no sabe bajármelo. Alguien que me escriba notas por las
mañanas con el mismo pero distinto te quiero en la posdata. Alguien que me
prepare cenas como las de esta noche, pero que no sea para llevarme a la cama a
follar, sino para llevarme a la cama a hacer el amor. Alguien que lea en mis
ojos qué cojones me pasa, o si tengo frío. Alguien que me entienda incluso
mejor que yo. Alguien que me prometa, y que cumpla. Alguien simple, joder. ¡No
pido tanto! ¡Solo alguien que me quiera, y que se le vea en la forma en la que
me mira! Y a ti eso no se te ve en los ojos. Y, hazme caso, que es lo más
jodido en el mundo ver que no me miras igual que yo te miro. Por lo menos,
espero que llegue algún día la tía que tenga los ovarios de ponerte los huevos
en la garganta cada vez que se pasea por tu lado, la tía que te produzca
insomnio por las noches. Esa tía que tendrá tu vida sobre sus manos. Justo
entonces, te sentirás la persona más débil y vulnerable del mundo. Porque justo
entonces le habrás dado a alguien la posibilidad de destruirte por completo.
Justo entonces, me entenderás.—recoge su bolso y se pone el abrigo. Y antes de
salir por la puerta que da a la calle, grita: ¿Sabes? Al final acabas
acostumbrándote al frío.—después cierra la puerta para siempre.

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