Mirar en tu interior. Y no saber comprender qué extraño y conocido
sentimiento vuelve a estar ahí. Más fuerte. Eres tú. Y no comprendo porqué
vuelves a estar aquí. Inquietante, extraordinario, que me hace que me vuelva
loco. Tú, yo. Parece un juego que nunca se acaba. Parece que sea una marioneta
a la que solo la pueda dirigir tus manos. Y me diriges mal. Deja mis amarres en
el suelo, que otras manos me cogerán, y podrán volverme a hacer sentir ese
extraño sentimiento. Porque no puedes dirigir dos marionetas a la misma vez.
Quédate con él, para siempre, como le prometes cada día y déjame. Deja de hacer
que no pueda hacer otra cosa más que desearte, que querer volver a tocar tus
labios, como en aquel parque. Deja que salga de este agujero sin salida, sin final
feliz y quédate con él para siempre, eternamente. Y yo desde el suelo, como
marioneta rota me quedaré mirando, escondido, para saber si eres feliz, que es
lo que realmente me preocupa. Sin embargo, ahora no puedo quedarme quieto,
porque sé que él nunca lo hará igual de bien de lo que lo puedo hacer yo. Sigo
aquí. Impaciente, por ser él. Sigiloso, para no llamar la atención. Disfrazado,
de alguien que no te dice lo que te quiere, de alguien fuerte. Pero, ten por
seguro, que quizá, un día, las cuerdas de aquella marioneta con la que jugabas
se rompa, y que ya no podrás jugar más porque las cuerdas del amor no las
puedes coser dos veces.

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